Tres cuentos de Halloween para niños: disfraces, calabazas y amistad
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Estos tres cuentos originales ocurren durante celebraciones de Halloween. En cada historia surge un problema pequeño que los personajes resuelven con ideas, paciencia y ayuda de sus amigos. Se pueden leer por separado, en casa o en voz alta.
Contenido de esta lectura

1. El botón del robot
El 31 de octubre, Mateo llegó a la fiesta de Halloween del centro vecinal vestido de robot. Llevaba una caja plateada sobre el pecho y tres botones de papel: SALUDAR, BAILAR y CONTAR. Cuando alguien tocaba uno, él hacía lo que decía la palabra.
Su amiga Inés, disfrazada de cometa, lo esperaba para presentar un juego. Primero, Mateo saludaría al público. Después bailaría y, al final, inventaría una historia.
Pero el botón CONTAR había desaparecido. Solo quedaba un pedacito de cinta donde había estado pegado.
—Mi robot se quedó sin final —dijo Mateo, mirando su disfraz.
Inés buscó cerca de las sillas. Tomás, que llevaba un sombrero de explorador, revisó la mesa de disfraces. No encontraron nada.
—Podemos hacer otro —propuso Tomás.
Sobre la mesa había recortes de cartulina, cinta adhesiva y lápices. Inés dibujó un círculo nuevo. Tomás escribió CONTAR con letras grandes. Mateo lo pegó en el lugar vacío, pero se dio cuenta de que faltaba algo.
—El otro botón tenía una estrella —recordó.
Inés dibujó una estrella pequeña en una esquina. Tomás añadió dos puntos brillantes. Mateo observó el resultado y sonrió.
—Este botón tiene ideas de los tres.
Cuando llegó su turno, el robot saludó con voz metálica. Bailó moviendo los brazos en cuadrados. Por último, presionó el botón nuevo.
—Había una vez un robot que perdió una pieza —empezó—. La buscó por todas partes y descubrió que sus amigos podían fabricar una mejor.
Inés hizo girar la cola de su cometa y Tomás levantó el sombrero para saludar al público. Al terminar, los tres se inclinaron juntos. Mateo conservó el botón nuevo, aunque al recoger encontraron el antiguo pegado debajo de una silla.
—Ahora tengo uno de repuesto —dijo, y los tres se echaron a reír.
2. El búho de cuatro patas
En la merienda de Halloween del 31 de octubre, la biblioteca preparó un pequeño teatro de sombras. Detrás de una pantalla blanca, una lámpara iluminaba figuras de cartón. Los invitados debían adivinar qué aparecía.
Vera y Julián habían preparado una escena: un búho llegaba a una casa, se sentaba en una silla y contaba qué había visto en el bosque. Antes de comenzar, apoyaron las figuras en una repisa detrás de la pantalla.
Cuando Vera levantó la figura recortada del búho, apareció una sombra extraña. Parecía un ave con patas por todas partes.
—¡Tiene demasiados pies! —dijo Diego desde su asiento.
Algunas niñas se rieron. Nora, que estaba en primera fila, levantó la mano.
—No entiendo qué animal es —dijo bajito.
Vera miró la pantalla. Ella tampoco lo entendía. Julián acercó la figura a la luz y la sombra creció todavía más.
—Así es más difícil —observó Nora.
La encargada de la biblioteca encendió la luz general para que pudieran revisar los recortes. Vera descubrió que la silla de cartón se había quedado pegada detrás del búho. La silla, dibujada de lado, tenía dos patas visibles. Estas asomaban bajo el búho y parecían parte del animal.
Julián despegó con cuidado la silla. Volvieron a iluminar la pantalla. Ahora se veían dos sombras distintas.
—Era un búho que llevaba su propia silla —bromeó Diego.
Vera tuvo una idea. En vez de esconder el error, comenzó la obra con el búho cargando una silla que era demasiado grande para él. Julián hizo que el ave pidiera ayuda. Nora prestó su voz para responder desde el público:
—¡Déjala junto al árbol!
El búho descansó por fin. Cuando llegó el momento de adivinar, todas las manos señalaron las dos figuras correctas. Aquella sombra confusa había dado comienzo a un cuento nuevo.
3. Una calabaza con espacio para todos
Para la fiesta de Halloween del 31 de octubre, los vecinos de un edificio colocaron una calabaza enorme de cartón en un panel de la sala común. No tenía ojos ni boca. Sus gajos estaban llenos de papelitos con mensajes de bienvenida.
«Pasa y juega», decía uno. «Me alegra verte», decía otro. Había mensajes escritos por niños y adultos, y cada invitado podía añadir el suyo.
Eva y Bruno habían organizado los papelitos por colores. Al terminar, no quedaba espacio libre.
Entonces llegó Clara, una niña que acababa de mudarse al edificio. Venía con su abuela y llevaba una pequeña tarjeta en la mano.
—Quería escribir algo, pero parece que ya acabaron —dijo al ver la calabaza.
Eva le ofreció pegar su tarjeta detrás del panel. Bruno se agachó para mirar y negó con la cabeza.
—Si queda contra la pared, nadie podrá leerla.
Clara guardó la tarjeta en el bolsillo. Eva notó que todavía miraba el dibujo naranja y pensó un momento.
—¿Y si hacemos crecer la calabaza?
En la mesa de adornos quedaban dos tiras anchas de cartón naranja. Los tres las colocaron a los lados de la figura, como gajos nuevos, y las sujetaron al panel con cinta. Así apareció espacio para varios mensajes más.
Clara sacó su tarjeta y escribió: «Soy nueva. ¿Jugamos juntos?». La pegó en el primer gajo añadido.
Bruno tomó otro papelito. Escribió: «Sí. Vamos a empezar por el juego de las pistas».
Eva dejó algunos espacios libres, por si llegaban otras personas. La calabaza quedó un poco más ancha que antes, pero cabía bien en el panel.
Clara se acercó al juego de las pistas con Eva y Bruno. Cuando regresaron por una bebida, encontró tres saludos nuevos junto al suyo. Ya podía reconocer a sus vecinos por las voces, no solo por los mensajes.
Preguntas de comprensión
- ¿Para qué servía el botón que perdió el robot de Mateo?
- ¿Cómo participaron Inés y Tomás en la solución?
- ¿Por qué la sombra del búho parecía tener patas de más?
- ¿Qué cambiaron Vera y Julián en su obra después de descubrir el error?
- ¿Por qué Clara no podía pegar su mensaje en la calabaza al llegar?
- ¿Qué hicieron los tres niños para que hubiera sitio para más saludos?
Respuestas
- Era la señal para que Mateo inventara una historia al final del juego.
- Inés dibujó el círculo y la estrella; Tomás escribió la palabra y añadió detalles.
- Una silla de cartón se había quedado pegada detrás de la figura del búho.
- Convirtieron el accidente en una escena sobre un búho que llevaba una silla demasiado grande.
- Porque todos los gajos de la calabaza ya estaban ocupados con mensajes.
- Añadieron dos tiras de cartón naranja como gajos nuevos y dejaron espacios libres.
Actividad breve: inventar un saludo
Piensa en una persona que llega por primera vez a una fiesta imaginaria. Escribe una frase de bienvenida de hasta ocho palabras y dibuja al lado un símbolo de Halloween hecho con papel. Comparte solo el mensaje: no hace falta escribir nombres, direcciones ni otros datos personales. Después, explica por qué elegiste esas palabras.
Para familias y docentes: conversar después de leer
Elijan una pregunta según el cuento leído. Se puede responder hablando, dibujando una idea o representando una escena corta. Las siguientes son respuestas posibles, no las únicas.
- Pregunta: Si no hubiera cartulina, ¿cómo podrían continuar el juego del robot? Respuestas orientativas: Mateo podría señalar el lugar donde iba el botón y decir «CONTAR», o sus amigos podrían darle la señal con un gesto.
- Pregunta: ¿Cómo podría Clara mostrar su saludo sin agrandar la calabaza? Respuestas orientativas: Podrían poner una hoja al lado del panel o reorganizar algunos mensajes para dejar un espacio visible.
Para más ideas de la celebración, consulta Halloween para niños. También puedes explorar la categoría de cuentos infantiles.
Por Aureliano Vargas

