La tetera: adaptación del cuento de Hans Christian Andersen
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La tetera: adaptación del cuento de Hans Christian Andersen
Adaptación propia del cuento de Hans Christian Andersen, publicado por primera vez en diciembre de 1863. Se ha trabajado desde el texto danés de la edición de 1871, sin utilizar una traducción española moderna.[2]
La reina de la mesa
Había una tetera de porcelana muy satisfecha de su aspecto. Admiraba su pico alargado y su asa ancha. Cuando miraba las tazas, la lechera y el azucarero, encontraba enseguida algún motivo para sentirse superior.
La tapa, en cambio, tenía una grieta reparada. De aquello prefería no hablar. Le molestaba pensar que las otras piezas se fijaban más en esa pequeña rotura que en sus partes hermosas.
«Las tazas tienen asas y el azucarero tiene tapa. Yo tengo ambas cosas y, además, un pico para servir», pensaba. Dentro de ella, las hojas de té daban sabor al agua caliente. Por eso se consideraba la reina de la mesa.
La caída
Un día, una mano la levantó para servir. El movimiento fue torpe y la tetera cayó al suelo. El pico y el asa se rompieron; el agua se derramó.
La tetera oyó risas. Le dolía que se rieran de ella y no de la torpeza que había provocado la caída. La apartaron a un rincón. Al día siguiente se la dieron a una mujer pobre que había ido a pedir un poco de grasa para cocinar.
La tetera llegó a su nuevo hogar sin saber qué sería de ella. Ya no podía presentarse como la orgullosa reina del servicio de té.
Algo crece dentro
Unas manos la llenaron de tierra. Al principio, aquello le pareció una forma de enterrarla. Pero en la tierra colocaron un bulbo de flor.
El bulbo comenzó a crecer. La tetera sintió como si, por primera vez, tuviera un corazón vivo. Ya no contenía hojas de té y agua caliente, sino algo que cambiaba cada día.
Salió un brote y, más tarde, una flor. La tetera estaba tan pendiente de su belleza que dejó de pensar en su asa y en su pico rotos. Se alegraba cuando alguien admiraba la planta.
La flor no le daba las gracias ni parecía pensar en ella. Aun así, la tetera disfrutaba sosteniéndola. Había descubierto una alegría distinta de presumir de su porcelana.
Lo que permanece
Un día oyó que la flor merecía una maceta mejor. Para sacar la planta, rompieron la tetera en dos. La flor fue trasladada y los fragmentos de porcelana acabaron en el patio.
La tetera no volvió a la mesa ni recuperó su antigua forma. Allí, convertida en un tiesto roto, todavía recordaba lo vivido: la mesa, la caída y aquella flor que había crecido dentro de ella.
Ya no podía conservar la planta, pero sí su recuerdo. Ese recuerdo seguía siendo suyo.[1]
Actividad resuelta: reconstruye la historia
Ordena estos hechos: A) nace la flor; B) la tetera presume; C) trasladan la planta y tiran los fragmentos; D) la tetera cae; E) colocan tierra y un bulbo en su interior.
Solución: B, D, E, A, C. El final conserva a la tetera rota en el patio. Cambiarlo por una reparación completa produciría otra versión del cuento.
El relato permite pensar en el orgullo, los cambios y los recuerdos. Podemos conversar sobre la alegría de cuidar algo sin concluir que una persona solo vale por ser útil. La historia habla de un objeto imaginado con sentimientos.
Cinco preguntas con sus respuestas
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¿De qué partes presumía la tetera?
De su pico, su asa y su porcelana.
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¿Qué defecto prefería no mencionar?
La grieta reparada de su tapa.
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¿Qué colocaron en la tierra de su interior?
Un bulbo de flor, no una semilla.
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¿Qué hicieron cuando trasladaron la planta?
Rompieron la tetera y tiraron sus fragmentos al patio.
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¿Qué conserva la tetera al final?
El recuerdo de lo vivido, aunque ya no tenga la flor.
