Cuentos Clásicos para Niños • Recursos Educativos para la Escuela y el Hogar

Alicia en el país de las maravillas: adaptación para leer y comprender

Obra original: Lewis Carroll. Adaptación y actividades de comprensión: Aureliano Vargas.

Esta es una adaptación literaria abreviada y redactada especialmente para lectura escolar. Conserva el recorrido principal de Alicia, pero selecciona episodios y no reproduce íntegramente la novela ni sus diálogos.

Alicia en el país de las maravillas

Alicia pasaba la tarde junto a su hermana, a la orilla de un río. El calor invitaba a quedarse quieta, pero a ella empezaba a aburrirle el libro que su hermana leía en silencio. Justo cuando pensaba levantarse, vio correr a un conejo blanco que llevaba chaleco. Hasta ahí la sorpresa ya era grande; sin embargo, lo verdaderamente extraño ocurrió cuando el animal sacó un reloj y murmuró que llegaría tarde.

El conejo se metió bajo un seto y Alicia fue tras él. Apenas asomó la cabeza descubrió un pasadizo que descendía bruscamente. Perdió el equilibrio y comenzó a caer. Por las paredes pasaban estantes, cuadros y armarios, como si alguien hubiera amueblado un pozo. Cayó durante tanto tiempo que dejó de gritar y se dedicó a preguntarse qué habría al fondo.

Finalmente aterrizó sobre hojas secas, sin hacerse daño. A lo lejos distinguió la cola del conejo y lo siguió hasta una sala iluminada por lámparas. Había puertas de diferentes tamaños, todas cerradas. En una mesita de cristal encontró una llave diminuta. No servía para las puertas grandes, pero sí para una escondida tras una cortina. Desde allí divisó un jardín de flores y senderos. La entrada era demasiado baja para pasar.

Sobre la mesa apareció una botellita con una invitación a beber. Alicia examinó la etiqueta y, después de comprobar que no contenía ninguna advertencia, probó su contenido. Al instante encogió hasta quedar del tamaño de una muñeca. Se alegró: ¡ahora podría atravesar la puerta! Pero había dejado la llave arriba, fuera de su alcance. Un pastelito que encontró después produjo el efecto contrario: creció tanto que su cabeza casi tocó el techo. Frustrada por los cambios, rompió a llorar.

Cuando volvió a hacerse pequeña, sus propias lágrimas formaban un charco enorme para ella. Terminó nadando junto a un ratón y otros animales que también buscaban tierra firme. En la orilla todos discutieron cómo secarse. Propusieron una carrera sin una salida clara ni una meta fija; al final, cada cual se proclamó satisfecho. Alicia quiso saber quién había ganado, pero nadie logró explicárselo de manera convincente. Comenzaba a comprender que allí una respuesta podía cambiar según quién la pronunciara.

Más tarde el Conejo Blanco pasó cerca de ella, apresurado, y la confundió con alguien que debía hacerle un encargo. Alicia entró en una casa buscando unos guantes y, al probar otro alimento extraordinario, creció hasta ocupar casi toda la habitación. El conejo llamó a sus ayudantes, que se alarmaron al ver una mano gigantesca por la ventana. Alicia encontró finalmente la forma de recuperar su tamaño y escapó al bosque antes de que siguieran discutiendo qué hacer con ella.

En lo alto de una seta descansaba una oruga azul. Alicia le preguntó cómo orientarse, pero la oruga quiso saber primero quién era ella. La niña intentó responder y descubrió que no resultaba fácil sentirse la misma después de haber cambiado tantas veces de tamaño. La oruga le indicó que distintos lados de la seta podían hacerla crecer o disminuir. Alicia tomó pequeños pedazos y los guardó con cuidado. Probó uno, vio que su cuello se alargaba demasiado y corrigió el efecto con el otro. Tras varios intentos pudo caminar a una altura cómoda.

Entonces llegó a un sendero donde apareció un gato de sonrisa enorme. Primero vio sus ojos, después el resto de su cuerpo, y más tarde observó cómo se desvanecía hasta quedar solo aquella sonrisa suspendida en el aire.

—Estoy buscando una salida —le dijo Alicia—. ¿Sabes por dónde debo ir?

—Aquí hay muchos caminos —contestó el gato—. Lo difícil es escoger uno si todavía no sabes qué buscas.

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El gato mencionó una casa donde tomaban el té sin terminar nunca y desapareció otra vez. Alicia decidió visitarla; al menos era una dirección concreta.

En una mesa larga estaban un sombrerero, una liebre de marzo y un lirón medio dormido. Había tazas por todas partes, pero los tres se quejaron de que no quedaba espacio para una invitada. Alicia señaló las sillas vacías y se sentó. Le hicieron preguntas que no parecían tener solución, interrumpieron sus respuestas y cambiaron de lugar para usar otra taza sin recoger la anterior. Cuando ella pidió que hablaran con claridad, el sombrerero empezó a explicarle que en aquella mesa el tiempo no avanzaba como los relojes acostumbraban. Alicia comprendió que seguir conversando no la acercaría al jardín, así que se despidió y se marchó.

Tras atravesar un árbol hueco, llegó por fin a los senderos que había visto desde la puerta pequeña. Unos jardineros con forma de cartas pintaban de rojo las flores blancas de un rosal. Temían que la Reina de Corazones se enfadara por haber plantado el color equivocado. Apenas terminaron de hablar, apareció una comitiva de soldados, cortesanos y cartas. La reina inspeccionó el jardín con gesto severo. Daba órdenes a gritos y amenazaba con castigos desmesurados por cualquier contratiempo. Alicia quiso comprender esas reglas, pero cuanto más preguntaba, menos sentido parecían tener.

La reina invitó —o más bien ordenó— a Alicia participar en una partida de croquet. Allí los mazos eran flamencos vivos y las bolas, erizos que se movían cuando les parecía. El terreno no estaba nivelado y los jugadores cambiaban de turno sin ponerse de acuerdo. Alicia intentó golpear con suavidad, pero su flamenco giró la cabeza y el erizo se alejó. No había forma de jugar bien siguiendo unas normas que nadie respetaba.

Mientras buscaba una manera de retirarse, el gato sonriente volvió a aparecer, esta vez sin mostrar el cuerpo. La reina protestó porque una cabeza flotante no podía comportarse como un invitado corriente. El rey y los guardias discutieron qué orden debía cumplirse. Alicia dejó que siguieran deliberando y se apartó. Había aprendido que no todas las discusiones merecían una respuesta.

De pronto se escuchó una trompeta. Comenzaba un juicio: la sota de corazones estaba acusada de haber robado unas tartas preparadas para la reina. Alicia entró con los demás en un salón convertido en tribunal. El rey hacía de juez, la reina vigilaba desde su trono y el Conejo Blanco anunciaba a los testigos. Sobre una mesa había una bandeja de tartas, todavía intacta a los ojos de todos.

El primer testigo, el sombrerero, se enredó al explicar a qué hora había tomado el té. Nadie probó que hubiera visto el supuesto robo. Después apareció un escrito sin firma clara. El rey trató de convertir cada frase en una acusación, aunque las palabras podían referirse a muchas cosas. Alicia, que había empezado a crecer otra vez sin darse cuenta, levantó la mano y señaló que una prueba debe aclarar lo ocurrido, no hacerlo más confuso.

—Primero decidiremos el castigo y luego veremos el veredicto —anunció la reina, impaciente.

—Eso no es un juicio justo —respondió Alicia, ya casi de su tamaño habitual—. Ni siquiera han demostrado quién tomó las tartas.

La reina se enfureció y ordenó que la hicieran callar. Las cartas saltaron de sus asientos y se precipitaron hacia Alicia en una nube de bordes rojos y negros. Ella alzó los brazos para apartarlas. En lugar de cartas, sintió caer hojas secas sobre la cara.

Abrió los ojos. Estaba de nuevo junto al río, con la cabeza apoyada en las rodillas de su hermana, que le apartaba unas hojas del pelo. No había tribunal, ni jardín imposible, ni reloj en manos de un conejo. Alicia se incorporó, sorprendida por el silencio de la tarde. Contó lo que recordaba: las puertas, los cambios de tamaño, la mesa del té y aquella reina que exigía obediencia antes de escuchar razones.

Su hermana sonrió y la escuchó hasta el final. Cuando emprendieron el regreso, Alicia miró una última vez el seto cercano. Esta vez no apareció ningún conejo. Aun así, guardó para sí una certeza: incluso en un sueño donde todo cambia, vale la pena preguntar, pensar y defender lo que parece justo.

Cinco preguntas de comprensión

  1. ¿Qué llamó la atención de Alicia antes de entrar en la madriguera?
  2. ¿Por qué no pudo atravesar la puerta pequeña cuando había encogido?
  3. ¿Qué problema encontró Alicia durante la partida de croquet?
  4. ¿Por qué se opuso Alicia a la decisión de la reina durante el juicio? Responde con una razón del texto.
  5. ¿Qué puede aprenderse de la actitud de Alicia al final? Relaciona tu idea con dos escenas de la historia.

Respuestas explicadas

  1. El conejo blanco llevaba chaleco, consultó un reloj y decía que iba tarde. Esos detalles hicieron que Alicia lo siguiera hasta el pasadizo.
  2. Porque la llave quedó sobre una mesa que ya no alcanzaba. Su cuerpo era suficientemente pequeño, pero no tenía en la mano el objeto necesario para abrir la puerta.
  3. Los instrumentos de juego eran animales que se movían y nadie respetaba turnos claros. Por eso no podía aplicar reglas estables ni dirigir bien su golpe.
  4. Porque se quería imponer el castigo antes de comprobar la acusación. Los testigos y el escrito no demostraban que la sota hubiera robado las tartas; Alicia reclamó pruebas y un proceso justo.
  5. Una respuesta posible: conviene conservar el criterio propio cuando otros dan órdenes sin fundamento. Alicia pregunta al gato hacia dónde ir y, más tarde, cuestiona el juicio sin pruebas. La inferencia se apoya en esas dos decisiones; pueden aceptarse otras interpretaciones justificadas con escenas.

Actividad breve: escribe dos columnas con los títulos «Lo que cambia» y «Lo que Alicia mantiene». En la primera puedes poner su tamaño o los escenarios; en la segunda, su curiosidad y su deseo de entender las reglas. Explica en una oración por qué esas cualidades no dependen de su altura.

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