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El bosque que recuperó su camino: cuento motor para niños

El bosque que recuperó su camino: cuento motor para niños

En este cuento motor, los niños escuchan una historia y la acompañan con movimientos sencillos. Se puede realizar en una habitación o aula despejada. La persona adulta lee el relato en voz alta y deja un momento para cada gesto; nadie necesita correr, competir ni imitar exactamente a los demás.

Sendero de un bosque junto a un arroyo y piedras planas.
Ilustración imaginada.

Antes de empezar

Edad orientativa: de 4 a 7 años, con ajustes según las capacidades del grupo. Duración sugerida: entre 10 y 15 minutos sin prisa. Materiales: ninguno. Opcionalmente, una cinta de papel colocada en el suelo para señalar el inicio.

Deja espacio alrededor de cada participante. Retira objetos con los que puedan tropezar y evita saltos desde muebles o movimientos sobre superficies resbaladizas. Todos los gestos pueden hacerse de pie o sentados: mover los brazos sustituye a caminar si es necesario. Se permite descansar o mirar sin participar.

El bosque que recuperó su camino

A las afueras de un pueblo había un bosque con un sendero muy especial. Todas las mañanas, las hojas lo señalaban con un suave susurro. Pero una noche sopló un viento fuerte y cubrió las señales. Cuando llegó el amanecer, nadie recordaba por dónde se llegaba al claro de las flores.

Una ardilla llamada Nila decidió buscar el camino. «Iré despacio y miraré bien», dijo. Salió de su árbol y comenzó a dar pasos cortitos, uno detrás de otro.

Movimiento: damos seis pasos pequeños en nuestro sitio o alternamos los pies sentados, contando tranquilamente hasta seis.

La primera parte del bosque estaba llena de ramas bajas. Nila tenía que pasar por debajo sin tocar las hojas dormidas. Bajó un poquito la cabeza, dobló las rodillas y avanzó con cuidado.

Movimiento: inclinamos ligeramente el tronco y volvemos a enderezarnos. Quien esté sentado puede bajar y levantar los brazos como si apartara ramas suaves.

Detrás de un helecho escuchó una voz. Era Taro, un caracol que había perdido la orientación. «¿También buscas el claro?», preguntó Nila. «Sí», respondió Taro, «pero mi paso es lento». Nila sonrió. «El camino no va a escaparse. Te acompañaré».

Continuaron a la velocidad del caracol. Vieron una piedra redonda, una flor violeta y una mariposa que descansaba sobre una hoja. Nila descubrió que, al caminar más despacio, podía mirar cosas que antes no había visto.

Movimiento: nos movemos muy lentamente durante unos segundos. Después detenemos los pies y miramos hacia la derecha, hacia la izquierda y al frente, sin giros bruscos.

Al llegar a un pequeño arroyo, encontraron tres piedras anchas. No había necesidad de tocar el agua. Nila imaginó que cada piedra era una isla y Taro señaló el lugar donde debía apoyar cada paso: primero una, luego otra y después la tercera.

Movimiento: levantamos un pie apenas del suelo tres veces, alternando lados según resulte cómodo. Sentados, levantamos una mano y después la otra, como si pasáramos de isla en isla. Los pies no deben separarse del área segura.

En la otra orilla había una zona de hierba alta. El sendero parecía desaparecer de nuevo. Nila respiró y escuchó: fuuu… fuuu… Era el viento moviendo las hojas.

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«Tal vez el bosque quiera decirnos algo», pensó. Taro observó una pluma atrapada entre dos raíces. No era una señal mágica, solo una pluma caída; pero debajo encontraron una pequeña huella que parecía continuar hacia el claro.

Movimiento: extendemos los brazos como hojas y los balanceamos de un lado a otro con suavidad. Después los bajamos y nos quedamos quietos para escuchar.

Siguieron las huellas hasta llegar a un árbol muy viejo. Su tronco era ancho y sus raíces salían del suelo como caminos pequeños. Una lechuza descansaba entre las ramas.

«Buenos días», dijo Nila. «Buscamos el claro de las flores. ¿Sabes por dónde ir?». La lechuza abrió los ojos y contestó: «El viento tapó las señales, pero la salida sigue allí. Rodeen el árbol por el lado donde entra la luz».

Nila dio las gracias. Taro miró alrededor. A un lado había sombra; al otro, la luz de la mañana iluminaba unas piedrecitas. Los dos eligieron ese lado y avanzaron juntos.

Movimiento: dibujamos con un brazo un círculo grande en el aire, como si rodeáramos el tronco, y después señalamos con la mano el camino elegido.

De pronto apareció el claro. Allí estaban las flores amarillas, blancas y moradas, todas inclinadas hacia la luz. Nila dio un pequeño giro de alegría, pero se detuvo al ver que Taro aún llegaba.

«Lo encontramos», dijo el caracol.

«Lo encontramos juntos», respondió la ardilla.

En vez de marcharse de inmediato, decidieron ayudar a otros visitantes del bosque. Colocaron unas piedras pequeñas junto al sendero, sin bloquearlo, y preguntaron a la lechuza cuál era el lugar más seguro para dejar las señales. Cuando terminaron, pudieron regresar al pueblo sin perderse.

Movimiento: levantamos las manos como si saludáramos a las flores. Luego hacemos una pausa de tres respiraciones tranquilas, sin obligar a respirar de una manera determinada.

Desde aquel día, Nila no volvió a decir que caminar despacio era perder el tiempo. Había aprendido que observar, preguntar y acompañarse podía ser la mejor manera de encontrar un camino.

Preguntas sobre la historia

  1. ¿Qué hizo que desaparecieran las señales del camino?
  2. ¿Por qué Nila caminó más despacio?
  3. ¿Qué encontró Taro debajo de la pluma?
  4. ¿Quién indicó por dónde rodear el árbol?
  5. ¿Qué hicieron Nila y Taro después de encontrar el claro?

Respuestas

  1. El viento cubrió las señales con hojas.
  2. Porque Taro caminaba lentamente y decidió acompañarlo.
  3. Una huella que continuaba hacia el claro.
  4. La lechuza, que les dijo que siguieran el lado iluminado.
  5. Colocaron señales junto al sendero, de forma segura, para ayudar a otros.

Cómo adaptar el cuento

Si el grupo necesita menos movimiento, el adulto puede leer la historia con todos sentados y convertir los pasos en gestos con las manos. Si ya saben leer, una persona puede narrar mientras otras muestran los movimientos. No hace falta medir quién se mueve mejor: la actividad busca participar en una historia, seguir sus cambios y disfrutarla.

Para terminar, cada participante puede elegir su escena favorita y representarla con un solo gesto. Los demás intentan recordar en qué parte del relato ocurrió. Así se trabaja la comprensión sin añadir pruebas ni premios.

Fuentes de consulta

Redacción editorial: Aureliano Vargas.

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