Duendes malos: cuento original y tradición oral
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En muchos cuentos, los duendes ayudan a reparar zapatos o dejan regalos. En otros, son duendes malos: criaturas que esconden objetos, tienden trampas y disfrutan confundiendo a quienes pasan cerca. No hay una descripción única para todas las regiones; las tradiciones orales tienen versiones diferentes. El siguiente es un cuento de fantasía original inspirado únicamente en ese motivo general, no una transcripción de un testimonio popular.
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Índice
Cuento: «La cuenta de las piedras»
Al lado de un camino de tierra había un puente tan estrecho que dos personas no podían cruzarlo a la vez. De día se veía el arroyo entre las tablas. De noche, el agua parecía una cinta negra, y hasta el viento hablaba más bajo al acercarse.
Una tarde, Eva salió del pueblo para llevar un cesto de pan a su tía. Conocía bien el camino, pero cuando llegó al puente vio nueve piedras blancas colocadas en fila sobre la primera tabla.
—Qué raro —murmuró—. Ayer no estaban aquí.
Apartó una con la punta del zapato y cruzó. Sin embargo, al mirar atrás, las nueve piedras seguían exactamente en su lugar.
—Has contado mal —dijo una voz finísima.
Debajo de una raíz asomó una criatura pequeña, con chaqueta de hojas secas y una sonrisa que parecía doblada por el centro.
—Soy Rasco, dueño del puente —anunció—. Quien quiera pasar debe contar mis piedras.
—Ya pasé —respondió Eva.
—Entonces debes volver y empezar de nuevo.
Eva no tenía ganas de discutir. Le dio la espalda y siguió hasta la casa de su tía. Pero cuando quiso sacar el pan del cesto, encontró dentro nueve piedras blancas. El pan había desaparecido.
La tía escuchó la historia sin reírse.
—Ese duende juega con lo que la gente cree ver —dijo—. Se alimenta de hacerte dudar. Mañana volveremos juntas.
A la mañana siguiente llevaron otro cesto, esta vez cubierto con un paño azul. Rasco las esperaba sobre la baranda.
—Si quieren cruzar, cuenten mis piedras —repitió.
Eva miró el suelo. Había nueve piedras, como el día anterior. La tía, en cambio, miró el agua.
—Antes de contar, dime algo —preguntó—. ¿Son tuyas las tablas del puente?
Rasco arrugó la nariz.
—Mías, desde luego.
—¿Y el arroyo?
—También.
—Entonces debes conocer todas sus piedras. ¿Cuántas hay bajo el agua?
El duende se asomó. Las piedras del fondo se movían con la corriente, o eso parecía. Intentó contarlas y pronto perdió el número.
—¡Se están cambiando de sitio! —protestó.
—Las piedras no tienen la culpa de que el agua se mueva —dijo la tía—. Tampoco nosotros tenemos que aceptar una regla que acabas de inventar.
Rasco golpeó la tabla con un pie. El cesto comenzó a hacerse pesado en los brazos de Eva. Al levantar el paño vieron que el pan se estaba transformando en piedras, una pieza tras otra.
Eva sintió miedo. Quiso correr, pero recordó la primera visita y la manera en que había empezado a dudar de todo. Puso el cesto en el suelo, tomó un pan que aún conservaba su forma y lo partió en dos. El olor cálido llenó el aire.
—Este pan sigue siendo pan —dijo—. Y yo sé que lo hice esta mañana.
La tía sostuvo la otra mitad. Rasco miró ambas piezas; por un instante perdió su sonrisa. Sin nadie que discutiera sus reglas, el engaño comenzó a deshacerse. Las piedras del cesto volvieron a ser panes.
—¡Eso no vale! —chilló Rasco—. ¡Tenían que contar!
—Tú querías un juego en el que solo tú decidieras las respuestas —contestó Eva—. No vamos a jugar.
Cruzaron despacio. Al otro lado, la tía le devolvió a Eva la mitad del pan y guardaron el resto. Cuando miraron hacia el puente, Rasco había desaparecido. En la primera tabla solo quedaba una piedra blanca.
Desde entonces, Eva caminó por allí sin temor a equivocarse de número. A veces veía dos piedras y otras ninguna. Nunca supo si Rasco había abandonado el puente o seguía intentando engañar a los viajeros. Pero había aprendido una cosa: cuando alguien pone reglas imposibles para asustarte, puedes negarte a seguir su juego.
¿Los duendes malos pertenecen a una sola tradición?
No. El motivo de los duendes que molestan o engañan aparece en relatos populares de distintos lugares. Una investigación de El Colegio de San Luis sobre narraciones orales del Valle de San Francisco, en México, recoge testimonios locales en los que los duendes se describen como figuras temidas. Esos testimonios documentan creencias y maneras de contar historias; no prueban que existan duendes reales ni autorizan a decir que todas las comunidades mexicanas creen lo mismo.
Preguntas de comprensión
- ¿Qué le ocurre al pan de Eva la primera vez? Desaparece y en su lugar aparecen piedras.
- ¿Qué intenta conseguir Rasco con sus reglas? Que Eva dude y entre en un juego que él controla.
- ¿Cómo cambia Eva al final? Comprende que puede rechazar una regla injusta y confiar en lo que sabe.
- ¿Es este relato una leyenda tradicional transcrita? No; es un cuento original que utiliza el motivo general del duende engañoso.
