La ratita presumida es un cuento tradicional sobre una ratita que encuentra una moneda, se arregla para una ocasión especial y recibe visitas inesperadas. Esta versión está escrita para leerla en voz alta y conversar sobre las decisiones de sus personajes.

Había una vez una ratita que vivía en una casa pequeña, con una ventana que daba a la plaza. Cada mañana barría la entrada y regaba una maceta de albahaca. Le gustaba ver su casa limpia y saludar a los vecinos que pasaban por allí.
Una mañana, mientras barría junto a la puerta, vio algo brillante entre dos piedras. Se agachó y encontró una moneda. La recogió y miró alrededor, por si alguien la estaba buscando. Preguntó al panadero, a la vecina de enfrente y al barrendero de la plaza, pero ninguno la había perdido.
Pasaron varios días y nadie preguntó por la moneda. Entonces la ratita decidió comprarse algo que pudiera usar en las fiestas del pueblo. Entró en una tienda y escogió un lazo rojo, sencillo y bonito. La tendera se lo acomodó detrás de las orejas, y la ratita regresó contenta a su casa.
Se sentó junto a la ventana para terminar de arreglar un delantal. No tardó en aparecer un gallo, que se detuvo al verla.
—Buenos días, ratita. ¡Qué lazo tan bonito! ¿Te gustaría que fuéramos juntos a la fiesta?
—Antes dime una cosa —respondió ella—. ¿Cómo saludas a tus amigos cuando estás contento?
El gallo levantó la cabeza y soltó un «¡quiquiriquí!» tan fuerte que hizo temblar la maceta.
—Gracias por invitarme —dijo la ratita—, pero prefiero conversar sin tanto ruido.
Al rato llegó un perro. Era amable y llevaba el pelo muy bien cepillado. También la invitó a la fiesta. Cuando la ratita le preguntó cómo saludaba a sus amigos, el perro respondió con tres ladridos tan sonoros que el panadero salió a mirar qué ocurría.
—Creo que tenemos costumbres muy distintas —dijo ella, y se despidieron sin enfadarse.
Más tarde apareció un gato de pasos silenciosos. Habló con voz suave y alabó el lazo rojo. A la ratita le gustó su educación, pero, mientras conversaban, advirtió que el gato miraba una y otra vez hacia la despensa.
—¿Has venido a conocerme o a buscar algo para comer? —preguntó.
—Tal vez las dos cosas —contestó el gato, relamiéndose.
La ratita cerró la despensa y le indicó la salida. No le parecía sensato confiar en alguien que no respondía con claridad.
Cuando estaba guardando el costurero, llamó a la puerta un ratón que vivía cerca del molino. Venía a devolverle un libro que ella le había prestado hacía una semana.
—Me gustó mucho —dijo—. Sobre todo la parte en que los amigos se ayudan, aunque piensen de manera diferente.
Se sentaron a comentar el libro. El ratón escuchaba con atención y no se molestaba cuando la ratita opinaba de otra forma. Al caer la tarde, ella le preguntó si quería acompañarla a la fiesta.
—Me encantaría —respondió él—. Pero antes podríamos ayudar a la vecina a llevar sus canastas. La vi haciendo varios viajes sola.
Y así lo hicieron. Llegaron a la fiesta un poco tarde, pero muy contentos. La ratita comprendió que un cumplido puede ser agradable, aunque conocer el carácter de alguien exige observar cómo se comporta. Su lazo rojo siguió siendo hermoso; aquella noche, sin embargo, casi se olvidó de que lo llevaba puesto.
Adaptación libre de un cuento tradicional difundido en distintas versiones. No existe un único desenlace para todas ellas.
Índice
Preguntas de comprensión
- ¿Dónde encontró la moneda la ratita y qué hizo antes de gastarla?
- ¿Qué compró en la tienda?
- ¿Por qué no quiso ir a la fiesta con el gallo ni con el perro?
- ¿Qué detalle hizo desconfiar a la ratita del gato?
- ¿Qué comportamientos del ratón del molino le gustaron a la ratita?
Respuestas y actividad
- Entre dos piedras, mientras barría. Preguntó a varios vecinos por si alguien la había perdido.
- Un lazo rojo.
- Porque sus voces eran demasiado fuertes para sus gustos y sus costumbres eran distintas.
- Que miraba continuamente la despensa y no era claro sobre sus intenciones.
- Que escuchaba, respetaba opiniones diferentes y quería ayudar a una vecina.
Para conversar: elige a uno de los visitantes y escribe dos frases: una sobre lo que dice y otra sobre lo que hace. ¿Siempre coinciden las palabras con las acciones? La respuesta puede variar, pero debe citar un hecho del relato.
Ejemplo de respuesta: El gato felicitó a la ratita por el lazo, pero durante la conversación miraba la despensa. Sus gestos hicieron sospechar que buscaba comida más que amistad. Sus palabras y sus acciones no transmitían la misma intención.

