Obra original: Oscar Wilde. Adaptación y actividades: Aureliano Vargas.

La siguiente es una adaptación escolar abreviada y reescrita, no la traducción íntegra del cuento original.
Índice
El príncipe feliz
En lo alto de una columna, sobre la plaza de una ciudad, se levantaba la estatua del Príncipe Feliz. Su figura estaba cubierta de delgadas láminas de oro. Tenía dos zafiros azules por ojos y un rubí rojo adornaba la empuñadura de su espada. Quienes pasaban por allí levantaban la cabeza para admirarlo. Algunos decían que jamás habían visto algo tan hermoso.
Pero nadie imaginaba lo que ocurría en el interior de la estatua. Cuando el príncipe estaba vivo, había habitado un palacio rodeado de jardines. Sus días transcurrían entre fiestas y paseos, sin enterarse de los problemas que sufrían las personas fuera de sus muros. Después de su muerte lo habían convertido en aquella figura elevada y, por primera vez, podía contemplar la ciudad entera. Desde allí veía calles alegres, pero también viviendas sin abrigo, niños hambrientos y familias preocupadas. Su corazón, hecho ahora de plomo, estaba lleno de tristeza.
Una noche llegó a la plaza una golondrina. Viajaba rumbo a Egipto, adonde sus compañeras ya se habían adelantado, y buscaba un sitio donde descansar. Eligió el espacio a los pies de la estatua porque parecía protegido del viento. Apenas acomodó la cabeza bajo el ala, sintió caer una gota sobre sus plumas. Miró el cielo despejado. Cayó otra gota y después una tercera. Entonces alzó la vista y descubrió que el príncipe lloraba.
—¿Por qué tienes lágrimas si todos te llaman Feliz? —preguntó la golondrina.
El príncipe le contó cómo había sido su vida en el palacio y cómo ahora veía el dolor que antes desconocía.
—Mira aquella casa al final de la calle —añadió—. Una costurera trabaja hasta muy tarde. Sus manos están cansadas y su hijo tiene fiebre. El niño pide una fruta, pero ella no tiene dinero para comprarla. Yo no puedo bajar de aquí. ¿Llevarías mi rubí hasta su mesa?
La golondrina pensó en sus compañeras, que volaban hacia lugares cálidos. Quería seguirlas cuanto antes. Sin embargo, al mirar a la madre y al niño desde la ventana abierta, aceptó quedarse una noche. Separó con cuidado la piedra roja de la espada y la dejó junto a los utensilios de costura. Después movió sus alas suavemente cerca del rostro del niño para aliviarle el calor. La madre dormía, agotada, y no vio quién la había visitado.
Al regresar, la golondrina se sorprendió de sentirse menos fría. No había cambiado el clima. Lo que había cambiado era su ánimo: sabía que había hecho algo bueno.
Al día siguiente se preparó para partir, pero cuando anocheció volvió a despedirse. El príncipe le pidió un segundo favor. En una habitación bajo el tejado vivía un joven que trataba de terminar una obra de teatro. No tenía suficiente comida ni leña para calentarse; el cansancio y el frío le impedían trabajar.
—Ya no tengo el rubí —dijo el príncipe—. Puedes llevarle uno de mis ojos, que es un zafiro. Con él conseguirá lo necesario para continuar.
La golondrina se resistió. Le dolía pensar que el príncipe perdería uno de sus ojos. Pero comprendió su decisión y, tras tomar la piedra, atravesó una abertura del techo de la pequeña habitación. La dejó cerca de los papeles del escritor. Cuando el joven la descubrió, creyó que alguien había apreciado su trabajo. Con la esperanza renovada, pensó que podría comprar comida, encender un fuego y terminar su obra.
La golondrina volvió a la estatua. El príncipe veía ahora la ciudad con un solo ojo. El ave le prometió marcharse al día siguiente, antes de que el invierno empeorara.
Sin embargo, apareció una tercera necesidad. En la plaza había una niña que vendía fósforos. Se le habían caído al agua y ya no podía venderlos. Lloraba porque temía regresar a casa sin dinero. Tenía los pies helados y las manos temblorosas.
—Dale mi otro zafiro —pidió el príncipe.
—Si te lo llevo, quedarás completamente ciego —respondió la golondrina.
La estatua guardó silencio un instante. Después insistió en que la niña necesitaba ayuda. La golondrina tomó el segundo zafiro y bajó hasta la plaza. Lo dejó en la palma de la pequeña, que sonrió sin saber cuánto valía aquella piedra. Por primera vez en toda la noche tuvo una posibilidad de volver a casa con algo valioso.
Cuando el ave regresó, el príncipe ya no veía nada. La golondrina lo contempló sobre su columna, sin el rubí y sin los dos ojos que antes brillaban tanto.
—No voy a dejarte solo —le dijo—. Me quedaré contigo.
El príncipe le recordó que debía continuar su viaje hacia el sur, donde el aire era cálido. Pero la golondrina había tomado una decisión. Se quedó en la plaza y empezó a contarle todo lo que veía para que su amigo no perdiera el contacto con la ciudad.
Le habló de los barcos que se movían por el río, de los puestos del mercado y de los patios iluminados. También describió a las personas que dormían a la intemperie, a quienes buscaban trabajo sin encontrarlo y a los niños que tenían hambre. El príncipe escuchaba con atención. Ya no poseía joyas, pero aún tenía una cubierta de oro.
—Arranca las láminas de mi abrigo dorado y llévaselas a quienes lo necesitan —pidió—. Prefiero perder mi brillo a saber que puedo ayudar y no hacerlo.
La golondrina fue desprendiendo el oro poco a poco. Voló de una calle a otra y lo repartió entre las personas más necesitadas. Con él algunas familias consiguieron pan y abrigo. La estatua dejó de resplandecer y adquirió un color gris, como si los días hubieran apagado su belleza. No obstante, la golondrina había escuchado risas allí donde antes solo encontraba silencio.
Llegó el invierno. Las fuentes empezaron a helarse y el viento atravesaba las plumas del ave. La golondrina buscaba migas cerca de una panadería y batía las alas para calentarse, pero cada jornada estaba más débil. Una tarde comprendió que le quedaban muy pocas fuerzas. Subió hasta el hombro del príncipe para despedirse.
—Pensé que algún día volarías a Egipto —murmuró él.
—Me quedé porque aquí encontré a un amigo —respondió ella.
La golondrina se acercó, lo besó con ternura y cayó sin vida al pie de la columna. En ese mismo instante se escuchó un pequeño crujido dentro de la estatua: el corazón de plomo del príncipe se había partido en dos.
A la mañana siguiente, las autoridades recorrieron la plaza. Vieron la figura sin oro ni piedras preciosas y decidieron retirarla. Les pareció que había perdido su utilidad porque ya no era hermosa a sus ojos. Llevaron la estatua a una fundición para derretir el metal. Sin embargo, el corazón de plomo, roto por la mitad, no se fundió. Los trabajadores lo apartaron y lo arrojaron al mismo lugar donde habían dejado el cuerpo de la golondrina.
El cuento termina en un lugar que los habitantes de la ciudad no pueden ver. Dios pide a uno de sus ángeles que le lleve las dos cosas más valiosas que encuentre allí. El ángel regresa con el corazón partido y con la pequeña ave. Su elección es aprobada: la golondrina encuentra un hogar en el jardín del Paraíso y el príncipe recibe un lugar de honor por su compasión.
En la plaza habían juzgado la estatua por el oro y las joyas. El ángel, en cambio, reconoció el valor de los actos de ambos amigos, incluso cuando su generosidad dejó de ser visible para los demás.
Preguntas de comprensión
- ¿Por qué lloraba el Príncipe Feliz si durante su vida había sido considerado feliz?
- ¿A quiénes ayudó con el rubí y los dos zafiros? Responde en el mismo orden del cuento.
- ¿Por qué decidió la golondrina permanecer con el príncipe cuando este se quedó ciego, aunque se acercaba el invierno?
- ¿Qué hizo la golondrina con el oro y qué cambio ocurrió en la estatua?
- Al final, ¿qué objetos eligió el ángel como los más valiosos? ¿Por qué esa elección contrasta con la opinión de las autoridades?
Respuestas explicadas
- Porque ahora podía ver el sufrimiento de su ciudad. En el palacio había vivido protegido y desconocía esas dificultades. La altura de la estatua le permitió comprender la vida fuera de sus antiguos muros.
- Primero el rubí llegó a la costurera cuyo hijo estaba enfermo; después un zafiro fue para el joven escritor sin comida ni leña; por último el otro zafiro ayudó a la niña que había perdido sus fósforos. Esos son tres encargos distintos.
- Porque le tomó cariño y no quiso abandonar a su amigo ciego. La lectura permite inferir que para ella la compañía y la solidaridad terminaron siendo más importantes que continuar de inmediato el viaje a un lugar cálido. No se afirma que el frío dejara de afectarla.
- Desprendió las láminas de oro y las repartió entre personas necesitadas. Así ayudó a familias a obtener alimento y abrigo, mientras la estatua perdió su resplandor y quedó gris.
- El ángel eligió el corazón de plomo roto y la golondrina sin vida. Las autoridades consideraron inútil la estatua por haber perdido su apariencia lujosa; el ángel reconoció el sacrificio y la compasión. Esta diferencia revela el contraste entre valor material y valor moral que sostiene el final.
Para conversar después de leer: ¿qué decisión del príncipe o de la golondrina te pareció más difícil? Justifica tu opinión con una escena concreta. No existe una única respuesta: importa relacionar la reflexión con lo que sucedió en el cuento.

